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Siempre me he considerado una persona muy reservada, que habla poco de sí misma, de mis logros o mis problemas (esos quedan para un reservado grupo de personas contadas con los dedos de las manos– y me sobran). Sin embargo, durante las último días comencé con un nuevo episodio de salud que me ha obligado a dejar muchas cosas de lado, incluyendo este pequeño blog.

Y, por la gente que me lee, creo que les debo una explicación sobre mi status quo.

Cuando era pequeña siempre gocé de muy buena salud: creo que mi asistencia a clases fue del orden del 98% en toda mi enseñanza media y básica (y, los días que faltaba, generalmente era por controles de ortodoncia… así que para los que me preguntan “si nací con los dientes tan perfectamente alineados”, la respuesta es obvia: usé frenillos). Cuando entré a la Universidad el panorama cambió radicalmente producto de las nuevas libertades: ¿a quién no le daba paja ir a clase de dibujo todos los martes a las 8 de la mañana cuando tenía pocaza relación con lo que había decidido estudiar? ustedes, estudiantes, me comprenderán mejor que muchos.

El real problema comenzó cuando hace unos 8 años generé una gastroenteritis producto de una intoxicación por consumo de mariscos mal preparados en un restaurante (PUERTO CULIAO Y LA QUE TE PARIÓ). Evidentemente, pasé cerca de una semana en tratamiento, pero mi sistema inmunológico nunca fue el mismo y pasé, de resfriarme con suerte una vez al año, a estar todos los días con algún virus distinto. Aunque yo no le presté la atención necesaria, mis padres sí lo hicieron y después de un millón de exámenes descubrieron, entre varias cosas que prefiero reservarme que (1) tenía una alteración importante en el pH (acidosis), (2) una hipertensión abismalmente alta para alguien de apenas 20 años y (3) una poliquistosis renal muy avanzada para mi edad.

Lloré lo que debía llorar y, al día siguiente, me levanté como si fuera un día como cualquier otro.

En general siempre me he considerado una persona positiva y, según yo, inteligente, pero con vergüenza fui notando cierto grado de deterioro en mi capacidad de aprender cosas: la gente me consideraba torpe, pero poco me importaba porque en un principio me parecía divertido que me creyesen más tonta de lo que soy: no estaba acostumbrada a ese trato y sentí que me vendría bien. En el intertanto, probé toda cosa que salió al mercado: medicina tradicional, medicina biológica, cambio de hábitos, homeopatía entre otras sin éxito.

Con el paso de los años esto sólo empeoró: todas las semanas amanecía agotada como si me hubiesen apaleado, todos los días estaba mareada y me agarré cuanto virus estuvo de moda; pero siempre me todo estas cosas con humor. Tal vez esto me sirve para disculparme por todas esas veces en las que quise salir con ustedes, amigos y conocidos, y tuve que decir que no podía (los más cercanos me habrán visto postrada en cama cuando no daba más).

Mi primera experiencia en el mundo laboral, aunque aprendí enormemente y terminé muy agradecida, fue muy estresante: era raro que trabajara menos de 12-14 horas al día. Como ingeniero estoy sujeta al artículo 20 que indica, básicamente, que puedo llegar a la hora que quiera, pero que debo estar cuando me requiera la empresa… sin pago de horas extras: recuerdo que hubo un día en el que me quedé hasta casi las 2 de la mañana y al día siguiente me atrasé cerca de media hora al llegar porque me quedé dormida: cuando el gerente me retó, entendí que no era esa la vida que quería llevar y decidí cambiar de trabajo: así llegué a mi lugar actual donde, si bien no trabajo en mi especialidad, tengo estabilidad, un tremendo equipo y buenas condiciones. Para complementar este cambio, lo he ido apoyando con una mejora en mi alimentación (apoyada de una nutricionista reconocida), sesiones de gimnasia y ciclismo en ruta.

… pero en poco tiempo empecé con otros problemas muy ajenos a mi control. Lo primero fue un atrofiamiento de algunos músculos (que decidí dejar pasar), lo segundo, un trastorno digestivo que me quitó– que me quita– el sueño, lo tercero fue un importante alza en mi peso y lo cuarto, un síndrome vertiginoso que me prohibía hacer cualquier cosa. Esa fue mi primera hospitalización de 2015 (noviembre): al final dijeron que era auditivo, pero la verdad es que todavía no lo supero.

La gota que rebasó el vaso ocurrió en mi cumpleaños de este año, donde empecé con un muy muy MUY fuerte dolor de cabeza, de abdomen y una fiebre de 39º. Long story short, un médico muy random (el único donde pude conseguir hora de urgencia) me dijo “puede que tengas una infección renal: con tus quistes es gravísimo y deberías ir a urgencia”. En mi oficina se rieron (me dicen Yuyín porque SIEMPRE que pasa algo de muy mala suerte estoy involucrada), pero yo decidí hacer caso y dejé todo botado para ir al centro de urgencias más cercano a descartar lo que sea que pudiese ser.  Conversé con una de mis mejores amigas (que está haciendo su beca en nefrología) y me insistió en que fuera.

(Naty, TQM, me salvaste la vida).

5 horas más tarde (porque eso se tardaron en atenderme, y eso que fui a una clínica privada), el diagnóstico era claro: pielonefritis aguda. “Llegas más tarde y pierdes el riñón”, recuerdo que dijo el residente.

(“Lliguis mis tirdi”… HIJO DE PUTA, ESPERÉ MÁS DE CINCO HORAS A QUE ME PESCARAS, CHÚPALA CON MAYO).

Me llevaron a la UTI. Estaba sola, asustadísima, adolorida y, bueno, en la UTI. Mi horario de visitas era absurdo así que casi nadie podía visitarme así que, cuando no dormía o no estaba bajo estudio, sólo lloraba en mi tremenda habitación. Allá la rutina era la misma día a día: casa 15 minutos (después fueron 2 horas) me revisaban los signos vitales, me pinchaban como alfiletero y me notificaban sobre nuevos exámenes a realizar. En el intertanto, descubrí que debía someterme a una compleja cirugía renal y que tenía un quiste gigante en uno de mis ovarios (benigno, por lo menos), pero que primero debía sanar mi infección. Y, por si fuera poco, estaba más drogada que la cresta, recién hoy tengo un poco más de consciencia.

TL;DR: Todo fue horrible, sigo bajo miles de exámenes para ver cuán complejas o necesarias son mis intervenciones, pero espero que todo salga bien. No negaré que hubo momentos donde quería mandar todo a la mierda, pero supongo que todos tenemos minutos de debilidad.

Lo importante es que con mucho agrado les comento que hoy me dieron de alta de mi primer episodio renal: aparentemente, una infección de uno de mis muchísimos quistes se expandió a mi riñón derecho. En mi estadía me llamó o escribió con preocupación mucha gente con la que no hablaba hace meses, mientras que hubo un par que, aunque parezca difícil de creer, sólo me llamó para pedirme favores o dinero sin preguntar siquiera donde estaba. Supongo que en las situaciones más críticas es donde notas quiénes son realmente tus amigos.

Le agradezco desde lo más profundo de mi corazón a los que me fueron incondicionales, a los que se preocuparon cuando más lo necesité, a mi pareja y a mi familia, que siempre estuvo ahí para mí (no sé si lo he dicho antes, pero tengo la suerte de tener una familia muy unida y preciosa, de esas que ya no se ven  :lovecomic: ).

Gracias por inspirarme. Gracias a ustedes puedo hoy mirarlos a los ojos y decir por ustedes no me rendí. Hoy estoy tranquila, esperando nuevos desafíos que sé que no viviré sola.

Mañana será un día más brillante. Lo único que puedo decir de todo esto es que, por favor, no pierdan el norte de aquellas personas que realmente valen la pena. A veces invertimos tiempo y energía en aquellos que no buscan ser parte de nuestras vidas cuando tenemos al frente todo lo que necesitamos y más. Hagan lo que les haga feliz y, por supuesto, hagan felices a quienes los hacen felices.

Un abrazo a todos mis (pocos) lectores y (tremendos) amigos. Con amor,

Rocío.

P.S.: Me disculpo ante cualquier muy probable falta de ortografía o redacción. Sigo un poco dopada  :lovelax:

Written by Soaney
A true patriot. Madre de todos los luma, The Boss en NintendoChile.com y spartan suicida en Halo. May the stars shine down on you.